La madrugada del martes arrebató la última esperanza. Antonio Murga Ortiz, de 40 años, falleció en el Hospital General 450, sellando con su muerte un violento episodio ocurrido horas antes en el fraccionamiento Real Victoria. La balacera, perpetrada en un aparente acto de ejecución, ha dejado a una familia en duelo y a las autoridades en una carrera contra el tiempo con más preguntas que respuestas.
El lunes por la tarde, entre las 5:30 y las 7:00 horas, la rutina de un vecindario en el oriente de Durango se quebró con detonaciones. Murga Ortiz fue alcanzado por disparos efectuados desde una camioneta, mientras se encontraba en la calle, frente a una miscelánea. Testigos presenciaron la escena del crimen, que rápidamente se llenó de zumbidos de sirenas.
Antes de perder la conciencia de manera definitiva, la víctima alcanzó a proporcionar una escueta pero crucial declaración a los primeros respondedores: no conocía a sus atacantes. Esta línea de investigación, aunque inicial, es la única pista pública con la que cuenta la Fiscalía General del Estado (FGED), que ya clasifica el caso como homicidio doloso.
Real Victoria, una zona de clase media, amaneció el martes con el fantasma de la inseguridad. El ataque no ocurrió en una carretera solitaria ni en un contexto de conflicto rural, sino en el corazón de la vida cotidiana. Este detalle ha encendido las alarmas entre los residentes, quienes ven cómo la violencia traspasa los umbrales de sus colonias.
La muerte de Murga Ortiz no es un hecho aislado. Es el tercer episodio violento de alto impacto reportado en Durango en lo que va de enero. El más grave fue la emboscada del 6 de enero en la carretera a Zacatecas, que cobró la vida de dos guardias nacionales y una menor de edad. Solo dos días después del ataque a Murga, otro evento con tres víctimas se registró en el campo duranguense.