Por: Paul Moriel Quiralte
No hay templo que se sostenga si los obreros se derrumban: la fatiga de uno es la grieta de todos.
En días recientes he escuchado una misma confesión, repetida como un murmullo colectivo: “Estoy cansado”, “estoy cansada”. No se trata solo del agotamiento físico que dejan las jornadas extensas, sino de un desgaste más profundo: emocional, moral, social. Lo veo en amigas y amigos que se dedican a cosas muy distintas, docentes, enfermeras, servidores públicos, comerciantes, diseñadores, jóvenes profesionistas, todos con un hilo común: la fatiga. La modernidad, con su ritmo vertiginoso, nos empuja a hacer más, a responder de inmediato, a no detenernos. El resultado es una sociedad exhausta que confunde el movimiento con el sentido.
El filósofo Byung-Chul Han lo explicó con precisión en su ensayo La sociedad del cansancio (Herder, 2012): vivimos en una cultura que “ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento”, en la cual el sujeto “se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar su desempeño” (Han, 2012, p. 23). En otras palabras, ya no necesitamos un amo externo que nos ordene: cada quien se ha convertido en su propio capataz. Nos autoexigimos, nos autoevaluamos, y lo hacemos en nombre de la libertad y del compromiso. Lo he visto en todos los ámbitos: en quienes buscan sobresalir en sus trabajos, en estudiantes que no se permiten fallar, en madres y padres que se culpan por no poder con todo.
El resultado es una paradoja: nos creemos libres y, sin embargo, vivimos más presionados que nunca. Hemos interiorizado la exigencia de rendir sin límite. En este sentido, el sujeto contemporáneo, dice Han, “es víctima y verdugo al mismo tiempo; explotador y explotado en una sola persona” (p. 31). Ese modelo de rendimiento ilimitado, propio del mundo corporativo, educativo o familiar, produce un tipo de fatiga distinta: un infarto del alma, como lo llama Han.
Han distingue entre el “cansancio bueno”, que compartimos después de una jornada significativa, y el “cansancio a solas”, que aísla y vacía (Han, 2012, p. 46). El primero construye comunidad; el segundo erosiona el sentido de lo que hacemos. Ese segundo tipo de cansancio aparece cuando el diálogo se pierde o cuando el deber reemplaza al sentido: personas que trabajan sin desconectarse, que viven en alerta permanente o que miden su valor solo por su productividad. Cansarse es humano; agotarse hasta perder el sentido es una forma moderna de alienación.
Quizá, como sugiere Han, hemos eliminado la negatividad hasta el punto de olvidar su función vital: frenar, discernir, negar lo que nos daña. En su obra La sociedad paliativa (2021), el autor advierte que el intento de suprimir todo dolor nos lleva a una “anestesia moral y existencial” (p. 19). Tal vez el cansancio que sentimos hoy sea precisamente eso: una llamada de atención del cuerpo y del alma para recuperar el equilibrio entre acción y reposo, entre construir y contemplar.
Cinco antídotos para una sociedad extenuada
Superar el agotamiento no exige renunciar al cambio, sino aprender a humanizarlo. Propongo cinco medidas concretas, inspiradas tanto en las ideas de Han como en una ética del cuidado que hoy se vuelve urgente:
- Derecho institucional y personal al descanso. Recuperar la pausa como parte del método. Bloques de trabajo protegidos y tiempos reales de desconexión. Nadie produce bien desde el insomnio cívico.
- Rituales de cierre y apertura. Como sugiere Han en La desaparición de los rituales (2019), el sentido se preserva cuando marcamos los límites del día y de la tarea. Cerrar, agradecer, comenzar de nuevo: actos pequeños que restablecen humanidad.
- Liderazgo cuidador. La autoridad no se mide por la cantidad de tareas cumplidas, sino por la capacidad de proteger y acompañar a otros.
- Métricas de bienestar. Si solo medimos productividad, sacrificamos salud mental. Urge incorporar indicadores de descanso y recuperación.
- Tiempo humano. La vida no puede vivirse como una línea de producción. Respetar los ritmos, los silencios y las pausas es también una forma de justicia social.
Hay que tener en cuenta que incluso el trabajador más experimentado debe saber cuándo detener su esfuerzo para no romper lo que intenta construir. Ese gesto simboliza el equilibrio entre trabajo y límite: la fuerza que transforma sin destruir, la pausa que preserva la forma. El cansancio, visto así, no es enemigo del deber, sino aliado que nos recuerda que hacer una pausa también es un acto de sabiduría.
Replantear nuestra relación con el tiempo y el trabajo es un desafío colectivo. No confundamos la prisa con el progreso ni el ruido con la eficacia. Si algo merece ser reformado, es el modo en que entendemos el esfuerzo: no como sacrificio perpetuo, sino como energía al servicio de una vida más plena.
La pausa no es un lujo: es la única revolución posible en una época que confunde agotamiento con éxito.
Referencias
- Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012.
- Han, Byung-Chul. La desaparición de los rituales. Barcelona: Herder, 2019.
- Han, Byung-Chul. La sociedad paliativa. Barcelona: Herder, 2021.
- Han, Byung-Chul. Vida contemplativa. Barcelona: Herder, 2022.
Handke, Peter. Ensayo sobre el cansancio. Frankfurt: Suhrkamp, 1989.