Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
Hace unos días me tocó despedir a un amigo, inicia su viaje al eterno oriente.
En esa despedida no solo siento la ausencia, también vi en mi familia y amistades una deuda colectiva: la incapacidad que tenemos, como sociedad e instituciones, de acompañar los duelos, de dignificar la vida y de sostenernos en comunidad, y no lo digo en un mal sentido, es que no sabemos.
La muerte, que debería recordarnos nuestra condición compartida, suele tratarse como un asunto privado, invisible en la agenda pública. Sin embargo, nada hay más común, y más human, que perder a alguien cercano.
En nuestros centros de trabajo poco se habla del tema de velar por quienes atraviesan procesos de pérdida y dolor.
El derecho al trabajo digno, consagrado en la ley y reforzado por la NOM-035, reconoce los factores de riesgo psicosocial.
Entre ellos están las pérdidas familiares, las enfermedades graves y, en general, los acontecimientos vitales que sacuden cualquier equilibrio emocional.
El problema es que, en la práctica, seguimos gestionando el duelo como si fuera un trámite menor: permisos breves, justificantes médicos y nada más.
Esa indiferencia institucional no solo deshumaniza; también erosiona la productividad, la motivación y la confianza. Una persona que se siente acompañada en su duelo regresa con mayor fortaleza; quien es invisibilizado vuelve con un vacío que inevitablemente se traslada al ambiente laboral.
¿Qué hacer? Lo primero es cumplir lo que ya está normado: protocolos claros en los centros de trabajo para identificar y atender factores psicosociales, conforme a la NOM-035.
Lo segundo es ir más allá: diseñar programas de acompañamiento laboral e institucional al duelo, con apoyos psicológicos, flexibilidad laboral temporal y redes de apoyo internas. No se trata de “resolver” el dolor, porque el dolor no se resuelve, sino de reconocerlo y acompañarlo.
En un país que conoce demasiado la muerte aprender a acompañar, la enfermedad y el duelo cotidiano sería un acto de salud y reconocer y abrazar la humanidad de su gente.