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    La estafa de la adultez: por qué hoy entiendo los silencios de mis padres

    Por: Paúl Daniel Moriel Quiralte

    Platicando con un amigo sobre una frase que dijo Cristian Castro en una entrevista: “No me ha gustado crecer, ha sido difícil”, reflexionamos y caímos en cuenta que hablaba de algo más profundo, hablaba de eso que ocurre cuando dejamos de ser promesas para convertirnos en responsables.

    La frase quedó vibrando en mi mente como una nota desafinada. Porque crecer, según el relato que nos heredaron, era el gran portal hacia la libertad. Nos vendieron la idea de que ser adulto era tomar las riendas, pero olvidaron mencionar que las riendas, con el tiempo, terminan quemando las manos.

    No fue una charla de lamentos, sino un reconocimiento mutuo, de que la vida adulta es difícil. Caímos en cuenta de que ser adulto no es una edad; es una acumulación de responsabilidades. Es despertar con una lista mental que nunca se vacía: pagos, pendientes, expectativas ajenas, decisiones que no admiten ensayo y error. Nadie te prepara del todo para la ansiedad que genera saber que papá y mamá no resolverán todo. Que si fallas, las consecuencias no son simbólicas: son económicas, familiares, legales, reales.

    Uno de los pesos más evidentes es el financiero. No porque falte ambición, sino porque el sistema está diseñado para que siempre vayas un paso atrás. Ingresos que apenas alcanzan, deudas normalizadas, la presión de “progresar” aunque el cuerpo y la mente estén exhaustos. El adulto moderno vive administrando carencias: tiempo, dinero, descanso.

    A eso se suma el peso emocional. Ser adulto implica sostener a otros mientras uno mismo aprende a sostenerse. Padres que envejecen, hijos que dependen, parejas que esperan, amistades que reclaman presencia. El margen para el error se reduce, pero la tolerancia social al cansancio también. Decir “no puedo” suele interpretarse como debilidad, cuando muchas veces es simple agotamiento.

    Hay, además, una soledad particular en la adultez. Ya no es la soledad del abandono, sino la del silencio compartido. Cada quien cargando lo suyo, sin tiempo para preguntarse demasiado cómo está el otro. La conversación con mi amigo giraba justo en eso: no es que estemos mal, es que así son las cosas. Ser adulto implica decidir todo el tiempo, ser fuertes por inercia.

    La cultura del éxito no ayuda. Nos vendieron la idea de que si duele es porque no lo estamos haciendo bien. Que la incomodidad es un fallo individual, no una consecuencia estructural. Por eso resulta casi subversivo que alguien famoso diga que no le gustó crecer. Porque rompe el guión aspiracional y pone palabras a una experiencia compartida.

    Ser adulto no debería significar renunciar a la ligereza, pero muchas veces eso ocurre. Perdemos la capacidad de equivocarnos sin culpa, de descansar sin justificación, de disfrutar sin productividad. Todo debe tener un propósito, una rentabilidad, una explicación.

    Quizá el primer acto de madurez real sea admitirlo: crecer duele. No siempre, no todo el tiempo, pero duele. Y reconocerlo no nos hace menos responsables, sino más humanos. Tal vez ahí esté el punto de equilibrio: no romantizar la adultez, pero tampoco vivirla como una condena.

    Porque si algo aprendimos en esa conversación, y en la frase de Cristian Castro, es que decir “esto pesa” no es rendirse. Es, tal vez, el primer paso para cargarlo mejor.

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