Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
“Come gather ’round people, wherever you roam…” (Acérquense todos, gente, sin importar por dónde anden). Así, con una invitación que era ya una advertencia, abría la canción The Times They Are a-Changin’, de Bob Dylan, una canción que, cuando apareció a mediados de los años sesenta, no solo fue música: fue advertencia. Dylan le habló a una generación que empezaba a desconfiar del orden establecido, a un mundo atravesado por la Guerra Fría, la lucha por los derechos civiles y el eco de Vietnam. No describía el cambio: lo anunciaba. Y lo hacía con una certeza incómoda para el poder: quien no entendiera el tiempo que venía quedaría atrás.
Aquel mundo era áspero, pero también lineal. Las tensiones se entendían en bloques, los conflictos tenían nombres claros, las certezas, aunque discutidas, existían. Había guerras, sí; había enfermedades, también. Pero la historia parecía avanzar por carriles reconocibles. El progreso se discutía, pero se asumía posible.
Recuerdo que en 2018 asistí a una conferencia. No recuerdo al ponente, la memoria también selecciona, pero sí la frase que quedó suspendida en el aire: “Nunca habíamos estado mejor que ahora; nunca habíamos tenido menos guerras ni menos enfermedades.” El argumento era seductor y, en su momento, plausible. Los indicadores globales parecían acompañar: mayor esperanza de vida, reducción de la pobreza extrema, avances tecnológicos que prometían soluciones para casi todo. La historia, nos decían, iba hacia adelante.
Hoy, esa afirmación suena lejana.
Salimos de una pandemia que no solo dejó millones de muertes, sino algo quizá más profundo: la conciencia de nuestra fragilidad compartida. La COVID-19 no fue solo un episodio sanitario; fue un parteaguas cultural, político y ético. Mostró la debilidad de los Estados, la desigualdad en el acceso a la ciencia, la facilidad con la que la desinformación puede competir con la evidencia, y la rapidez con la que el miedo afecta lo más basico.
En 2026, el mundo no es “peor”, pero sí es más incierto. Los cambios geopolíticos se acumulan: conflictos regionales que escalan con facilidad, reconfiguraciones de alianzas, economías tensas por cadenas de suministro frágiles y una carrera tecnológica, particularmente en inteligencia artificial, que avanza más rápido que nuestras reglas y ya toca a las puertas de la sala de justicia. La promesa de estabilidad global ha sido sustituida por la gestión permanente de crisis. Ya no hablamos de si habrá una, sino de cuál será la siguiente.
Dylan advertía a senadores y congresistas que no se interpusieran en el camino, porque el cambio avanzaría con o sin ellos. La lección sigue vigente. Cuando las instituciones no entienden el tiempo histórico que habitan, se convierten en obstáculos; cuando lo comprenden, pueden ser anclas. No para detener el movimiento, sino para darle dirección.
Tal vez en 2018 era cómodo pensar que el mundo había alcanzado un punto óptimo. Hoy sabemos que la historia no concede descansos prolongados. Cada época tiene su propio temblor. El nuestro combina pandemia, polarización, tecnología disruptiva y una ciudadanía más informada y más desconfiada que nunca.
Por eso, hablar de que los tiempos están cambiando no es una consigna romántica. Es una constatación. El desafío no es evitar la transformación, sino decidir cómo la atravesamos. Si lo hacemos con instituciones rígidas y sordas, o con estructuras capaces de escuchar, aprender y corregir.
Dylan cerraba su canción con una sentencia clara: “The order is rapidly fadin’.” El orden se desvanece, sí. Pero el desafío no es lamentar la pérdida, sino diseñar el nuevo ancla. En la sociedad entera, el tiempo no espera. Y quien no entienda el ritmo de esta época, inevitablemente, se quedará atrás.