Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
En 1973, en el Seminario Teológico de Princeton, varios estudiantes caminaban con prisa hacia una conferencia. En el trayecto se encontraron con un hombre tirado en el suelo, encorvado en un callejón, tosiendo y pidiendo ayuda.
Muchos lo vieron. Muchos siguieron caminando.
Lo inquietante es esto: varios de ellos iban camino a dar una charla… sobre la parábola del Buen Samaritano.
No era una coincidencia. Era un experimento.
Los psicólogos sociales John Darley y Daniel Batson querían responder una pregunta incómoda: ¿las personas ayudan por convicción moral o por las circunstancias en que se encuentran?
La variable decisiva no fue la fe, ni la formación moral, ni siquiera el tema de la conferencia.
Fue la prisa.
A quienes se les dijo que ya iban tarde, solo el 10% se detuvo a ayudar. Entre quienes tenían tiempo suficiente, el 63% sí lo hizo.
La conclusión fue tan simple como perturbadora: la situación pesa más que la convicción. La prisa derrotó al sermón.
Ese experimento no solo habla de aquellos estudiantes. Habla de nosotros.
Vivimos en una cultura de urgencia permanente. Todo es inmediato. Todo es para ayer. Todo es urgente.
Las instituciones funcionan bajo calendarios comprimidos, métricas de productividad y cumplimiento de indicadores. En muchos espacios la agenda termina sustituyendo a la conciencia.
El trámite desplaza a la persona. El expediente se impone sobre la historia humana que lo habita.
La prisa se ha convertido en un sistema.
Y un sistema basado en la prisa produce algo más profundo que estrés: produce indiferencia estructural.
No es que no sepamos lo que es correcto. No es que ignoremos los principios de justicia, dignidad o derechos humanos. Es que estamos demasiado ocupados cumpliendo plazos para mirar a quien sigue esperando en el pasillo.
Demasiado concentrados en el siguiente punto del orden del día como para escuchar el temblor en la voz de quien pide ayuda.
Aquí surge la pregunta que el experimento nos deja medio siglo después:
¿A cuántas personas hemos ignorado simplemente porque teníamos prisa?
En este contexto, la lentitud deja de ser un defecto. Se vuelve una virtud política y moral.
No hablo de ineficiencia ni de burocracia paralizante. Hablo de deliberación. De la pausa consciente que permite ver al otro.
En el ámbito judicial, por ejemplo, la rapidez puede ser garantía de acceso a la justicia. Pero la precipitación es enemiga de la justicia misma. Una sentencia apresurada puede cumplir plazos… y traicionar derechos.
La lentitud, entendida como reflexión y cuidad, no es negligencia. Es profundidad. Y en espacios donde las decisiones afectan libertades, dignidades y vidas concretas, esa profundidad no es un lujo retórico: es una exigencia ética.
El filósofo Byung-Chul Han advierte que la sociedad del rendimiento nos está convirtiendo en sujetos agotados, incapaces de contemplación. La velocidad constante no solo reduce la empatía. La erosiona.
En la administración pública, en la política y en la vida cotidiana necesitamos recuperar el derecho, y el deber, de la pausa.
La pausa para escuchar. La pausa para revisar con cuidado. La pausa para preguntar antes de decidir.
El experimento de Princeton sigue siendo perturbador porque desnuda una verdad incómoda: no basta con conocer el bien. Hay que crear condiciones para practicarlo.
Y eso implica repensar nuestras agendas, nuestras prioridades y la cultura de urgencia que hemos normalizado.
Porque al final, la pregunta no es si creemos en la parábola del Buen Samaritano.
La pregunta es esta:
¿Te dentendrías?
Referencias
Darley, J. M., & Batson, C. D. (1973). From Jerusalem to Jericho: A study of situational and dispositional variables in helping behavior. Journal of Personality and Social Psychology.Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.