En materia de salud, las cifras suelen parecer abstractas hasta que la enfermedad toca la puerta. Entonces los porcentajes dejan de ser un dato técnico y se transforman en horas de espera, recetas incompletas y camas que no alcanzan. En México, esa realidad se repite de forma cotidiana en un sistema de salud que arrastra un déficit estructural sin que el presupuesto logre corregirlo.
No es nuevo que el Gobierno federal destine recursos insuficientes al sector salud. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los países asignen al menos el 6 por ciento de su Producto Interno Bruto a este rubro; sin embargo, México apenas ha oscilado entre el 2.6 y el 3 por ciento en años recientes. Para el Paquete Económico 2026 se proyecta un aumento del 5.9 por ciento respecto a 2025, pero aun con ese incremento, el presupuesto no alcanza siquiera lo ejercido en 2024. Es decir, el gasto “sube”, pero no lo suficiente para revertir la precariedad del sistema.
El problema no es solo contable. La falta de recursos se traduce en menos insumos, mayor saturación de hospitales y tiempos de espera prolongados. Para quienes pueden pagar atención privada, los recortes presupuestales rara vez representan un obstáculo; pero para la mayoría de la población que depende de los servicios públicos o del sistema tripartita del IMSS, la diferencia es tangible y, muchas veces, dolorosa.
Pacientes que ocupan camas, sillas o bancas no porque clínicamente lo requieran, sino porque no hay forma de trasladarlos a la especialidad correspondiente; estudios de laboratorio e imagen retrasados por falta de espacio o personal; medicamentos que no llegan a tiempo. Esa es la consecuencia directa de un sistema que opera al límite.
Desde el interior de los hospitales, el panorama tampoco es alentador. Para los médicos del sector público, el desafío es cada vez mayor. A un sistema históricamente limitado se suma el crecimiento constante de la derechohabiencia, sin que exista la infraestructura ni la logística necesarias para sostener, y mucho menos unificar, un solo sistema nacional de salud, como se ha planteado desde el discurso oficial.
Las estadísticas solo cobran sentido cuando se viven en carne propia. En salud, cualquier día, por ordinario que parezca, todos somos susceptibles de convertirnos en pacientes. Por ello, el debate presupuestal no debería ser secundario. Es indispensable exigir un incremento sustancial y real en los recursos destinados a la salud, acompañado de una administración eficiente y transparente.
Destinar dinero a programas sociales mientras las personas terminan pagando de su bolsillo medicamentos o tratamientos básicos no resuelve el problema: solo lo traslada. El llamado “aumento” al presupuesto de salud para 2026 no engaña a quien revisa los números con cuidado: es mayor al de 2025, sí, pero inferior al de 2024.
La pregunta queda abierta: ¿hacia dónde va el sistema de salud mexicano? Por ahora, el balance deja una amarga ironía que resuena entre pacientes y personal médico: “estábamos mejor cuando estábamos peor”.