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    Las personas no están en tu contra, están a favor de sí mismas

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    Por: Paul Daniel Moriel Quiralte

    Una de las lecciones más difíciles de la vida es comprender que no todo aquel que no está de nuestro lado está en nuestra contra. A veces, simplemente está de su propio lado.

    Nos gusta pensar que quienes nos rodean permanecen a nuestro lado por afecto, amistad, gratitud o convicción. Y muchas veces es así. Pero también existen relaciones construidas sobre algo menos romántico: la conveniencia.

    En la política, esta realidad adquiere una dimensión particular. Porque el poder tiene una extraordinaria capacidad para disfrazar los intereses de afectos, la obediencia de lealtad y la utilidad de la amistad.

    Mientras alguien ocupa una posición importante, abundan las muestras de reconocimiento. Sus decisiones son respaldadas, sus opiniones celebradas y sus errores comprendidos. Siempre hay personas dispuestas a acompañarlo, defenderlo y recordarle lo indispensable que resulta.

    Pero basta que pierda influencia para descubrir que algunas de aquellas lealtades tenían fecha de caducidad.

    No necesariamente porque las personas sean malas. A veces, simplemente, porque estaban a favor de sí mismas.

    Un ejemplo reciente de cómo los intereses fracturan las relaciones se observa en las dinámicas del servicio público, como el reciente distanciamiento entre actores políticos conocidos. Más allá de los nombres propios, el trasfondo es siempre el mismo: ¿qué sucede cuando dos personas dejan de compartir intereses?

    En el poder, muchas veces confundimos tres cosas que deberían permanecer claramente diferenciadas: la lealtad con la obediencia, la amistad con la utilidad y la gratitud con una deuda permanente.

    La verdadera lealtad tolera el desacuerdo y señala errores; la falsa lealtad exige aplausos incondicionales. La amistad genuina sobrevive al cambio de circunstancias, mientras que la utilidad desaparece junto con los privilegios. Por último, agradecer una oportunidad no significa renunciar a la propia autonomía ni convertir la conciencia en propiedad de quien te designó.

    En este sentido, la verdadera prueba de integridad aparece cuando los intereses entran en conflicto.

    Es fácil defender principios cuando coinciden con nuestras aspiraciones. Lo difícil es sostenerlos cuando hacerlo implica perder influencia, oportunidades, amistades o privilegios.

    Y aquí conviene reconocer algo incómodo: todas y todos, en mayor o menor medida, actuamos a favor de nosotros mismos.

    Buscamos reconocimiento, estabilidad, bienestar y oportunidades. No hay nada necesariamente reprochable en ello. El interés propio forma parte de la condición humana.

    El problema comienza cuando, para proteger nuestros intereses, estamos dispuestos a sacrificar nuestros principios o utilizar a las personas como instrumentos desechables.

    Porque existe una diferencia enorme entre elegir nuestro propio camino y destruir deliberadamente el camino de alguien más.

    También conviene preguntarnos si no hemos sido injustos al interpretar las decisiones ajenas. A veces llamamos traición a la independencia, deslealtad al desacuerdo e ingratitud a la negativa de seguir obedeciendo.

    Quizá lo que nos duele no es que alguien esté en nuestra contra, sino descubrir que ya no estamos en el centro de sus prioridades.

    La política simplemente hace más visible esta realidad, porque en ella las relaciones personales suelen confundirse con los intereses institucionales y las ambiciones individuales.

    Pero la reflexión también alcanza nuestras amistades, familias y espacios laborales.

    ¿Apreciamos a las personas por quienes son o por lo que pueden hacer por nosotros? ¿Respetamos sus decisiones cuando dejan de favorecernos? ¿Somos capaces de mantener el afecto cuando desaparece la utilidad?

    Tal vez esas preguntas sean más importantes que averiguar quién traicionó a quién en la última disputa política o en las que vendrán.

    Al final, la vida termina por enseñarnos una verdad tan sencilla como incómoda: no todos los que dejan de estar de nuestro lado están en nuestra contra. Muchas veces, simplemente han elegido estar del suyo.