Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
Hay días en los que basta muy poco para afectar nuestro ánimo: un mensaje que no fue respondido, una fotografía que tuvo menos reacciones de las esperadas, alguien que consiguió el trabajo que deseábamos o esa opinión contraria que nos sacude. Son problemas pequeños que, en nuestro afán de inmediatez, adquieren dimensiones colosales.
De ahí me surgió una pregunta: ¿cada vez sufrimos más por menos?
La respuesta no es tan sencilla como culpar a las nuevas generaciones de ser “débiles” o llamarles de cristal.
Las generaciones anteriores enfrentaron carencias materiales, violencia y enfermedades mucho más severas. Sin embargo, no todo aquello que recordamos como fortaleza necesariamente lo era; muchas veces era silencio: depresión no atendida, violencia normalizada y familias acostumbradas a guardar el dolor bajo llave.
Hablar hoy de salud mental es un avance, pero el problema aparece cuando pasamos de reconocer el sufrimiento a creer que cualquier incomodidad debería desaparecer de nuestra vida.
Estamos tan obsesionados con evitar el sufrimiento que olvidamos que, para crear una escultura se le deben de dar golpes de mazo y de cincel a la piedra. Queremos pulirnos sin desgastarnos, ignorando que es precisamente en esas aristas donde nuestra humanidad se define, queremos construirnos sin recibir los golpes.
Vivimos en una sociedad construida para eliminar la espera. Ya no esperamos una carta, enviamos un mensaje; no recorremos tiendas, compramos desde un teléfono. Esto nos confunde: queremos que la vida funcione como una aplicación. No es que seamos más débiles; es que hemos sido programados para no soportar la negatividad. En un mundo donde todo es optimizable, la decepción no se percibe como parte de la vida, sino como un fallo del sistema o un error personal.
Pero la vida no funciona así. La vida tarda, decepciona, contiene incertidumbre y es sufrimiento. No sufrimos solamente por lo que ocurre; sufrimos por aquello que podría ocurrir y, sobre todo, por la comparación permanente.
Antes uno se comparaba con su vecino; hoy nos comparamos con miles. Abrimos el teléfono y alguien viaja, otro compra una casa, el ascenso llega, el cuerpo perfecto aparece. Cometemos una injusticia sistemática: comparamos nuestros días normales con los mejores momentos de los demás. La necesidad de aprobación, el temor a quedarse atrás y la obligación de ser productivos nos han llevado a una paradoja contemporánea: nunca habíamos tenido tantas herramientas para estar conectados y, sin embargo, millones se sienten solos (Organización Mundial de la Salud, 2025).
Quizá no estamos frente a una humanidad que sufre más y que sufre por menos, sino ante nuevas formas de sufrimiento. Nos dijeron que podíamos ser cualquier cosa y terminamos creyendo que deberíamos ser todas al mismo tiempo: exitosos, felices, productivos, saludables, buenos padres y viajeros, todo mientras mostramos una versión impecable de nuestra vida en redes. De pronto, una vida normal comenzó a parecernos insuficiente.
Olvidamos que la mayor parte de nuestra existencia ocurre precisamente ahí: en los días comunes, las comidas ordinarias, el tráfico, las conversaciones de siempre y los martes en los que no sucede nada extraordinario. En los tragos neutros de la vida.
Una vida plena no depende de evitar el sufrimiento, sino de descubrir por qué causas vale la pena padecer, atravesar dificultades y luchar.



