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    InicioCHIHUAHUALa belleza de lo injusto 

    La belleza de lo injusto 

    Por: Paul Daniel Moriel Quiralte 

    “El fútbol no tiene ninguna obligación de hacer justicia.” Dijo Marcelo Bielsa 

    Y tiene razón.

    Porque si algo nos enseña el fútbol es que el mérito importa, pero no siempre alcanza, el equipo que domina puede perder. El que apenas resiste puede ganar. Un disparo al poste puede cambiar una historia. Un error puede borrar años de esfuerzo. 

    Quizá por eso nos identificamos tanto con este deporte. Porque en el fondo sabemos que la vida  tampoco es justa.

    No todos nacemos en el mismo punto de partida.

    Algunos llegan al mundo con ventajas evidentes: mejores escuelas, mejores contactos, más recursos, más oportunidades. Otros comienzan el partido varios goles abajo. Hay quienes heredan patrimonio y relaciones; otros heredan carencias y obstáculos.

    La meritocracia existe, pero no explica la realidad.

    El esfuerzo importa, pero no todos corren la misma carrera.

    Los equipos más ricos suelen tener mejores jugadores. Los clubes más poderosos tienen mayores recursos. Las grandes potencias llegan a los mundiales con estructuras que muchos países jamás podrán construir.

    Pero aun así ocurre algo extraordinario.

    A veces gana el que tiene papel de víctima.

    A veces el favorito cae.

    A veces David derrota a Goliat. Lo acabamos de ver en el partido España contra Cabo Verde, en el que esta ultima sacó el empate contra un rival infinitamente superior en el papel.

    Y cuando sucede, millones de personas celebramos porque sentimos que durante unos instantes el mundo recupera el equilibrio, porque durante noventa minutos la vida parece justa.

    Quizá por eso nos emocionan tanto las historias improbables.

    No porque sean frecuentes, sino precisamente porque son excepcionales.

    Porque todas y todos conocemos la sensación de haber trabajado más y recibido menos. De haber hecho las cosas correctamente y no obtener el resultado esperado. De ver cómo otros avanzan gracias a ventajas que nunca estuvieron a nuestro alcance.

    Por eso cuando un equipo modesto elimina a un gigante, sentimos que también nosotros vencemos algo más que un rival. Vencemos la resignación.

    Hay algo que me queda claro, no podemos controlar el marcador, pero sí podemos controlar cómo jugamos.

    Quizá ahí se encuentre la verdadera lección del fútbol.No en la promesa de una justicia perfecta, sino en la capacidad de seguir creyendo cuando sabemos que nada está garantizado. En esa incertidumbre que mantiene viva la esperanza. En la posibilidad de que el pequeño derrote al gigante. En la oportunidad de que el resultado desafíe todos los pronósticos.

    Como escribió alguna vez Eduardo Galeano, el fútbol es mucho más que un juego. Es un espejo. Y quizá por eso, cuando observamos una cancha, terminamos observándonos a nosotros mismos.

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