¿Y si esta vez avanzamos?
¿Y si esta vez rompemos la historia?
¿Y si esta vez la ilusión no termina donde siempre?
Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
Hay quienes menosprecian al fútbol porque dicen que es solo un juego. Que no cambia la realidad. Que no pone comida en la mesa. Que no disminuye la violencia, ni combate la pobreza, ni resuelve la desigualdad.
Tienen razón.
Pero también olvidan algo fundamental: los pueblos no viven únicamente de soluciones. También viven de emociones.
Ayer, después de que México derrotó 2-0 a Ecuador, ocurrió algo que ningún indicador económico puede medir. Bastó recorrer las calles, abrir las redes sociales, escuchar las conversaciones en las oficinas o ver los restaurantes llenos para advertir un fenómeno colectivo: la gente estaba feliz.
Y eso, en un país acostumbrado a despertar con noticias difíciles, no es poca cosa.
El propio Javier Aguirre lo entendió perfectamente cuando, con la serenidad que lo caracteriza, declaró:
“Intentamos representar dignamente a nuestro país, darle una alegría a nuestro pueblo mexicano, pero hasta ahí… No podemos solucionar otros problemas; sí podemos solucionar los propios del fútbol.”
La frase es tan humilde como profunda.
Porque Aguirre reconoce los límites del deporte, pero también acepta su enorme capacidad para generar bienestar emocional.
El fútbol no resuelve los grandes problemas nacionales. Pero, por unas horas, consigue que millones de personas los carguen con un poco menos de peso. Y eso también importa.
Las ciencias sociales llevan décadas estudiando este fenómeno. Las victorias deportivas producen un aumento del ánimo colectivo, fortalecen el sentido de pertenencia y generan lo que algunos psicólogos llaman “efervescencia colectiva”: ese extraño momento en el que miles o millones de personas, sin conocerse entre sí, experimentan una misma emoción.
Por eso ayer sonaban los cláxones.
Por eso había abrazos entre desconocidos.
Por eso hoy las oficinas parecían más ligeras.
Por eso el país sonreía.
Los seres humanos necesitamos momentos para celebrar. Necesitamos historias que contar.
Necesitamos sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
El fútbol ofrece precisamente eso.
Durante noventa minutos desaparecen las diferencias políticas, las discusiones en redes sociales, las preferencias ideológicas e incluso muchas preocupaciones personales. El vecino que nunca saluda abraza al desconocido. El empresario y el obrero gritan el mismo gol. El niño y el abuelo celebran exactamente igual.
Es una de las pocas ocasiones en que México se siente verdaderamente unido.
No porque todos pensemos igual.
Sino porque todos sentimos lo mismo.
Hace unos días escribía que el mexicano conserva una virtud extraordinaria: la capacidad de seguir ilusionándose incluso cuando las probabilidades parecen jugar en contra. Ayer esa ilusión volvió a encontrar recompensa.
Quizá mañana regresarán las noticias difíciles.
Volverán las preocupaciones económicas.
Continuarán los debates políticos.
Los problemas seguirán ahí.
Como dijo Aguirre, la Selección no puede resolverlos.
Pero tampoco debemos minimizar el valor de regalarle alegría a todo un país.
Porque un pueblo que todavía es capaz de emocionarse, de cantar al unísono, de abrazarse por un gol y de creer, aunque sea por noventa minutos, que todo puede salir bien, es un pueblo que aún no ha perdido la esperanza.



