Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
¿Por qué millones de personas volvemos a depositar nuestros sueños en una selección llena de incertidumbres?
Mañana se inaugura el Mundial y México, anfitrión, vive una extraña paradoja: la selección llega en horas bajas, con más dudas que certezas, y sin embargo, el país entero se permite ilusionarse. ¿Por qué nos aferramos a una fe que las estadísticas insisten en desmentir?
Porque, en el fondo, esto no es fútbol. Es memoria.
Para millones, el Mundial no se mide en goles, sino en infancia. Es el recuerdo de la televisión vieja en el salón de clases, el grito compartido con desconocidos y la sensación, aunque sea efímera, de que durante noventa minutos pertenecemos al mismo bando. El fútbol, para nosotros, es la educación sentimental de un pueblo que ha aprendido a vivir entre grietas.
Seamos honestos: nuestra historia nacional no es un cuento de hadas. Está marcada por crisis, promesas incumplidas y una desconfianza institucional que roza lo patológico. Sin embargo, México es un país que se levanta tras la quiebra, que insiste en el proyecto que fracasó y que vuelve a creer cuando la lógica dice que no debería.
Esa es nuestra verdadera naturaleza: somos hijas e hijos de la esperanza.
El Mundial nos ofrece una tregua necesaria frente a la polarización. Durante un mes, las jerarquías desaparecen en la grada y el empresario, el estudiante y el jubilado persiguen el mismo balón. No ignoramos los problemas, la inseguridad, la falta de infraestructura o la corrupción son temas vigentes, pero entendemos que un pueblo no puede alimentarse solo de diagnósticos amargos.
Creer que esta vez la historia será distinta no es ingenuidad; es un acto de resistencia. En un mundo cada vez más cínico, donde todo se mide por el interés y la utilidad, conservar la capacidad de emocionarse por una camiseta es un acto subversivo.
Al final, no importa si la copa se queda o se va. Lo que está en juego es más profundo. Quizá el mayor triunfo de México no sea derrotar al rival en la cancha, sino haber conservado, contra todo pronóstico, esa necedad luminosa de seguir creyendo que lo imposible es solo una meta que todavía no hemos pulido.
Seguimos buscando la luz, aunque tengamos que encenderla en medio de la tormenta.