Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
“El fútbol es la cosa más importante de las menos importantes.”
La frase de Jorge Valdano ha sobrevivido al tiempo porque describe algo que muchos sentimos, aunque pocas veces sepamos explicar.
Para algunos, el fútbol es un negocio. Para otros, un espectáculo. Pero para millones de personas en América Latina —y particularmente en México— el fútbol también es memoria emocional.
A días de que vuelva a sentirse el ambiente mundialista, es inevitable regresar, aunque sea por unos segundos, a la infancia.
Muchos crecimos viendo partidos en televisiones viejas dentro de los salones de primaria. Recuerdo esos días extraños en los que la escuela cambiaba de ritmo porque jugaba México. Las maestras dejaban entrar una televisión enorme sostenida sobre un carrito metálico, los alumnos se acomodaban como podían y, por unas horas, las matemáticas y las tareas parecían suspenderse. El país entero entraba en una especie de tregua emocional.
No importaba si uno entendía completamente el fuera de lugar o la táctica. Bastaba escuchar el grito colectivo cuando alguien anotaba. Bastaba ver a los adultos transformarse frente al televisor. Bastaba sentir que, durante noventa minutos, todos pertenecíamos al mismo lugar.
El fútbol construyó parte de nuestra educación sentimental.
Muchos aprendimos geografía gracias a los mundiales. Descubrimos países que parecían imposibles de pronunciar. Asociamos banderas con emociones. Italia, Francia, Brasil, Alemania o Argentina dejaron de ser nombres lejanos para convertirse en recuerdos ligados a goles, derrotas y tardes familiares.
Pero sobre todo, el fútbol nos enseñó una forma particular de patriotismo.
Uno distinta al discurso político o al de los libros oficiales. Un patriotismo imperfecto, emocional y espontáneo. Porque pocas cosas unen tanto al mexicano promedio como ver jugar a la selección. Ahí desaparecen por momentos las diferencias ideológicas, las clases sociales, las discusiones diarias y hasta el desencanto con el país. Durante un Mundial, el vecino que nunca saluda abraza desconocidos. La ciudad se paraliza. El tráfico disminuye. Las oficinas se vacían discretamente. Y millones de personas vuelven a creer, aunque sea ingenuamente, que esta vez sí.
Tal vez por eso duele tanto perder.
Porque nunca se pierde solamente un partido. Se rompe una pequeña ilusión colectiva. El fútbol tiene esa capacidad extraña de convertir once jugadores en una proyección emocional de todo un país. Cuando ganan, sentimos que México puede competir con cualquiera. Cuando fracasan, pareciera confirmarse esa vieja sensación nacional de quedarnos siempre “cerca”.
Y aun así, regresamos.
Cada cuatro años volvemos a sentarnos frente a la televisión con la misma esperanza absurda y hermosa. Volvemos a hacer apuestas imposibles. Volvemos a comprar camisetas. Volvemos a discutir alineaciones como si de verdad pudiéramos cambiar el destino desde el sillón de la casa.
Porque el fútbol no se sostiene únicamente por la lógica. Se sostiene por la fe.
En un país marcado por jornadas laborales agotadoras, violencia, incertidumbre económica y estrés cotidiano, el fútbol opera muchas veces como un refugio emocional. Una pausa colectiva. Un espacio donde todavía se permite soñar sin demasiada explicación.
Hace años, un amigo me dijo algo que en ese momento me pareció una broma, pero que con el tiempo entendí como una radiografía social profundamente mexicana. Me dijo:
“Entre todo lo que sufre el mexicano, la vida al menos le dio dos cosas dulces para sobrellevarla: el fútbol y la Coca-Cola.”
Y aunque la frase tiene algo de humor negro, también contiene una verdad incómoda.
En un país donde muchas personas viven bajo presión constante, donde el cansancio y la preocupación forman parte de la rutina diaria, pequeñas cosas terminan convirtiéndose en mecanismos de resistencia emocional. El refresco compartido en familia frente al partido. El grito de gol en medio de una semana difícil. La conversación futbolera en la tienda, en el taxi o en la oficina. Ritualidades sencillas que ayudan, aunque sea por un momento, a hacer más ligera la carga.
Quizá por eso el Mundial nunca será solamente fútbol.
Será nostalgia. Será identidad. Será infancia. Será esa sensación de volver a sentarnos en un salón de primaria creyendo que el país entero cabe dentro de una pantalla y que, durante noventa minutos, todo puede salir bien.
Y tal vez ahí radique su verdadera grandeza: en recordarnos que incluso en sociedades cansadas, golpeadas o divididas, todavía existen pequeños espacios colectivos para la esperanza.
Sin embargo, un país no puede sostener su salud emocional solo con rituales de noventa minutos y refresco compartido. El patriotismo del mundial es digno, sí, pero también es un espejo incómodo: revela la urgencia de construir instituciones, y espacios de trabajo que sustituyan el refugio por la realidad. La esperanza no debe buscarse solo en el gol improbable, sino en el deber cívico y legal de exigir que la justicia, la seguridad y la dignidad se sientan cercanas, no solo cada cuatro años, sino todos los días de la semana.
El desafío real no es alentar a la selección, sino traducir esa energía colectiva en demanda de un país mejor.