Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
Hay frases que uno escucha y olvida.
Y hay otras que, por alguna razón, se quedan viviendo con nosotros.
Una de mis favoritas es una máxima hasta donde sé es de inspiración budista, en apariencia es sencilla, pero en el fondo es muy compleja:
“No te creas todo lo que piensas.”
La primera vez que la escuché me pareció ingeniosa. Con los años entendí que era mucho más que eso. Era una advertencia.
Porque solemos asumir que aquello que ocurre dentro de nuestra cabeza necesariamente es cierto. Pensamos algo y casi inmediatamente lo convertimos en realidad.
“Tengo la razón”. “Esto va a salir mal.” “No soy suficientemente bueno.” “Seguro está molesto conmigo.” “Ya no me toman en cuenta.” “Todos avanzan menos yo.” “Debí haber hecho otra cosa.” “Esto nunca va a cambiar.” “Ellos están equivocados”.
El pensamiento aparece y, sin pasar por ningún filtro, recibe categoría de sentencia, de cosa juzgada.
y aquí nos enfrentamos a uno de los aprendizajes más difíciles de la vida, descubrir que pensar algo no lo vuelve cierto, y reconocer que muy seguramente podemos estar equivocad@s.
Nuestros sentidos perciben y nuestra mente interpreta permanentemente el mundo. Completa información que no tiene, anticipa escenarios, recuerda heridas, exagera peligros, compara, sospecha y construye historias.
El problema comienza cuando confundimos esa voz con la realidad.
Lo he intentado aplicar en mi propia vida.
Cuando aparece un pensamiento que me inquieta, trato, no siempre lo logro, de hacer algo muy sencillo: detenerme y preguntarme:
¿Esto que estoy pensando ocurrió realmente o únicamente estoy interpretando lo que ocurrió?
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia muchas cosas.
Alguien recibió una oportunidad que nosotros queríamos. Ese es el hecho.
“Yo nunca voy a avanzar” es una historia que nuestra mente construyó a partir de él.
Cometimos un error. Ese es el hecho.
“Soy un fracaso” es otra cosa completamente distinta.
Tuvimos una discusión con alguien. Ese es el hecho.
“Yo tengo la razón y el otro está equivocado” es una interpretación.
Y quizá este sea uno de los ejemplos más difíciles de aceptar, porque pocas cosas defendemos con tanta fuerza como nuestras propias certezas. Cuando creemos tener razón, dejamos de preguntarnos si podríamos estar equivocados.
Buscamos argumentos que confirmen nuestra versión, recordamos únicamente aquello que nos favorece y convertimos al otro en alguien que simplemente “no entiende”.
Pero creer que tenemos la razón no significa necesariamente tenerla.
A veces incluso sufrimos, nos enojamos o rompemos relaciones defendiendo una versión de los hechos que nuestra propia mente construyó.
Por eso, quizá una de las preguntas más incómodas, y también más útiles, sea esta:
¿Y si estoy equivocad@?
No para renunciar a nuestras convicciones, sino para recordar que también nuestras certezas son pensamientos y, por lo tanto, merecen ser examinadas.



