¿Sabías que en Chihuahua tenemos una ley que nos permite decidir en qué se gasta el presupuesto?
Por décadas, en México nos vendieron la idea de que la democracia se limitaba a votar un domingo y desaparecer seis años. Nos trataron como súbditos: espectadores que pagan impuestos, obedecen y orbitan alrededor de una autoridad vertical.
Pero la historia cambió. Hoy, ser ciudadano no es solo tener una credencial para votar; es tener el poder de incidir, frenar y proponer. La participación ciudadana dejó de ser un accesorio decorativo para convertirse en la herramienta que transforma la obediencia en acción.
Lo digo con conocimiento de causa. En 2018 tuve el honor de participar en el proceso técnico y político para la redacción de la Ley de Participación Ciudadana del Estado de Chihuahua. No fue un ejercicio de “copiar y pegar”; fue un esfuerzo por traducir las mejores prácticas internacionales a nuestra realidad, creando un marco legal robusto donde el ciudadano es, por fin, protagonista.
La lógica es brutalmente simple: una ciudadana o un ciudadano que participa deja de ser súbdito. Un Estado que abre sus puertas deja de ser autoritario.
Aquella Ley de 2018 no quedó en buenas intenciones. Estableció mecanismos obligatorios que muchas y muchos chihuahuenses aún desconocen, pero que son verdaderas armas democráticas. Por ejemplo:
1. Iniciativa Ciudadana: tú haces la ley
No es un buzón de quejas; es un mecanismo formal que te permite presentar propuestas de ley que el Congreso está obligado a dictaminar. En lugares como Suiza o Colorado (EE. UU.) esto ha logrado desde regulaciones ambientales hasta cambios en políticas de drogas. Si tienes una idea que beneficia a todos, la ley te da la pluma para escribirla.
2. Referéndum: el freno de mano
¿El Congreso aprobó algo que daña a la sociedad? El referéndum permite que la ciudadanía revise y, si es necesario, derogue esas decisiones. Es el recordatorio definitivo de que el legislador es un empleado del pueblo, no su dueño.
3. Plebiscito: voz en las decisiones ejecutivas
Sirve para orientar decisiones del Gobierno Estatal o Municipal. Aunque consultivo, su peso político es inmenso. El ejemplo mundial más claro es el Brexit: cuando la gente habla masivamente a través de un plebiscito, el rumbo de la historia cambia.
4. Presupuesto Participativo (mi favorito): tu dinero, tu decisión
Coloca a la ciudadanía en el centro de la billetera pública. Ciudades como París o la Ciudad de México destinan millones para que los vecinos decidan qué obras se hacen. Ya no es “lo que el alcalde quiera”; es lo que la comunidad necesita.
5. Auditoría desde la calle
No basta con opinar: hay que vigilar. Los observatorios y contralorías ciudadanas son los ojos que revisan el gasto y las obras. Es la vacuna más efectiva contra la corrupción.
Las leyes son el andamiaje, pero no hacen milagros. Romper la inercia del “súbdito” requiere que nos apropiemos de estos mecanismos. Para que esto funcione, necesitamos tres cosas: voluntad del gobierno (para no ver al ciudadano como amenaza), capacidad técnica de la sociedad y, sobre todo, cultura cívica diaria.
Dejar de ser súbditos es un acto de rebeldía constructiva. Implica entender que la autoridad no nos regala derechos; simplemente los reconoce.
La participación ciudadana convierte la queja de café en política pública. Ese es el tránsito que nuestra generación debe consolidar. La Ley está ahí, lista y cargada. ¿Cuándo empezamos a usarla?