Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
Mi perrita se fue después de más de diez años de compañía. Era una beagle de mirada noble. Su partida dejó un silencio difícil de explicar. Se fue una presencia constante, un pequeño corazón que marcaba el ritmo de los días.
Quienes han experimentado este tipo de pérdidas, seguro se dieron cuenta de lo poco que comprendemos el duelo por los animales. Se tiende a minimizarlo, como si el cariño hacia ellos fuera un afecto menor, un apego infantil. Pero quienes hemos tenido un compañero así sabemos que el amor no necesita lenguaje para ser profundo.
Este tipo de duelo es una tristeza silenciosa. No se anuncia, no se viste de luto, no se despide con palabras solemnes. Es un dolor que se lleva dentro, entre los recuerdos cotidianos: el espacio vacío junto a la puerta, el sonido ausente al servir la comida, la rutina que de pronto pierde sentido. La ausencia de un ser que nos acompañó tantos años duele porque su amor era simple y constante, sin condiciones ni juicios.
Nos enseñan mucho sin proponérselo. En mi caso, mi perrita me enseñó que hay silencios que acompañan más que mil palabras. Su manera de estar, siempre cerca, siempre tranquila, era una presencia que ordenaba el mundo. Por eso, cuando una mascota se va, uno siente que algo del propio orden interior se desacomoda. No porque falte un cuerpo, sino porque se apaga una mirada que nos reconocía sin juicio.
Hablar del duelo por las mascotas es también hablar del amor en su forma más limpia. Un amor que no se desgasta con el tiempo ni se mide por la utilidad. En una sociedad que suele valorar lo que produce o lo que representa, ellos nos enseñan el valor de lo que simplemente es.
Hoy la casa está más callada, pero no más vacía. Porque en la memoria quedan los gestos, las rutinas, los momentos que tejieron años de vida compartida. Ella no camina detrás de mí, pero su presencia sigue ahí, en la gratitud y en la calma.