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    El valor de regresar con las manos vacías. Una reflexión sobre aguantar y ser tú mismo.

    Por: Paul Moriel Quiralte

    Hay una pregunta que tarde o temprano nos alcanza: ¿El valor de una persona se mide por lo que logra o por lo que resiste?

    La verdad es que la vida adulta no te avienta esa pregunta con un grito, es más sutil. Se sienta justo en medio de tus rutinas, de las cuentas que se acumulan, de las metas que dejas a medias y de esa sensación de que, por más que te esfuerzas, sientes que algo se te escapa. Es ahí donde uno comienza a medir su valor. Y muchas veces lo hacemos mal.

    Hace unos días, gracias a un buen amigo, volví a El viejo y el mar. Había leído el libro de joven, pero hoy, en esta etapa de la vida, lo sentí diferente. Más pesado,más honesto, más real. La historia de Santiago ya no la veo como un simple cuento de echarle ganas, sino como un espejo incómodo de lo que es ser adulto (Hemingway, 1952).

    Santiago es un hombre que, según el mundo, ya no sirve para nada. Lleva un montón de días sin pescar. Ha perdido todo: prestigio, compañía y, digamos, relevancia. Aun así, sigue saliendo al mar. No busca el éxito ni el aplauso, sino que lo hace porque es su oficio. En esa rutina, que para muchos es absurda, él mantiene a flote su identidad.

    Así que la pregunta cambia: ¿De verdad vale Santiago por lo que pesca, o por el simple hecho de resistir?

    Por años nos han enseñado que nuestro valor está atado a los resultados. A los títulos, los logros, la productividad a toda costa. Pero esa regla se hace pedazos cuando vemos historias como la de Santiago, donde el éxito es confuso y la derrota, al mismo tiempo, se siente profundamente digna.

    Santiago no gana. O al menos no en el sentido tradicional de victoria. Pesca ese pez gigante, si, pero lo pierde contra los tiburones. Vuelve a casa con solo el esqueleto, con la pura evidencia de lo que pudo haber sido. Pero en ese regreso se esconde algo crucial: la prueba de que no tiró la toalla, de que mantuvo su dignidad y su oficio hasta el último momento (Hemingway, 1952).

    En la adultez, esa escena me golpea y se vuelve mi día a día.

    Hay días en los que yo también regreso con “el esqueleto del pez”: el proyecto que no prosperó, el esfuerzo que no fue suficiente, esa presentación impecable que nadie tomó en cuenta, o esa conversación difícil que al final no sirvió de nada. Son derrotas silenciosas, de esas que no se ven. Y la tentación es automática: pensar que mi valor se reduce a ese resultado incompleto.

    Pero tal vez el error está en cómo medimos las cosas.

    Porque la historia de Santiago nos grita que el valor no solo aparece en el logro, sino en cómo te paras frente al proceso, su verdadera victoria no consiste en conservar la obra, sino en haberse convertido en el hombre capaz de realizarla.

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