Por: Paul Daniel Moriel Quiralte
En estos días vi la versión mexicana de la serie “The Office” y recordé su versión original que se presentó como una sátira sobre la vida laboral: juntas absurdas, jefes incómodos, pequeños conflictos cotidianos y una burocracia tan ridícula como reconocible. Nos reímos porque exagera aquello que muchos hemos vivido alguna vez en una oficina.
Pero cuando vi su adaptación mexicana, “La Oficina”, la risa cambia de tono.
Ya no parece solo comedia.
Parece diagnóstico.
Porque la cultura godín en México no es únicamente una colección de hábitos laborales ni un catálogo de anécdotas de oficina. Es una forma de entender el poder, la obediencia, la productividad y la supervivencia dentro de instituciones que por años han exigido aguante más que talento, permanencia más que innovación, y lealtad personal más que profesionalismo.
Nos reímos porque nos reconocemos. Y ese reconocimiento debería incomodarnos más de lo que nos entretiene.
La cultura godín está construida sobre códigos no escritos pero perfectamente entendidos: llegar antes que el jefe o jefa, quedarse después del horario, resolver “sobre la marcha”, improvisar donde no hubo planeación, recurrir a relaciones personales cuando los procedimientos no bastan, aparentar urgencia para simular importancia. Es una cultura donde muchas veces no sobrevive quien trabaja mejor, sino quien aprende más rápido las reglas invisibles del entorno.
Sería injusto negar que allí también existen virtudes. Muchas oficinas públicas y privadas siguen funcionando gracias al compañerismo, la creatividad práctica, la resistencia cotidiana y el humor con el que miles de personas soportan entornos mal organizados. Hay ingenio real en la cultura godín. Hay incluso una épica modesta de supervivencia.
El problema es cuando esa capacidad de adaptación deja de ser virtud y se convierte en sustituto de instituciones bien diseñadas.
¿Nos reímos de la cultura godín porque es graciosa o porque sería demasiado doloroso admitir que así trabajan muchas de nuestras instituciones?
En Estados Unidos, The Office funcionó como una sátira del corporativismo y del sinsentido empresarial. En México, La Oficina corre el riesgo de ser algo más perturbador: no una exageración, sino una representación bastante cercana de nuestra normalidad laboral. Aquí no siempre nos burlamos del absurdo. Muchas veces trabajamos dentro de él, lo justificamos y hasta lo heredamos como si fuera una tradición organizacional inevitable.
Y eso tiene consecuencias que no son menores.
Las tiene en la calidad del servicio público, en la atención ciudadana, en la confianza hacia las instituciones y en la salud mental de quienes trabajan en ellas.
Porque cuando una institución depende más de relaciones que de reglas, más de improvisaciones que de procesos, más de resistencias personales que de estructuras profesionales, su autoridad se desgasta por dentro, aunque por fuera conserve formas, sellos, discursos y ceremonias.
No basta con que una institución funcione. Tiene que funcionar bien, con método, con claridad, con liderazgo profesional y con sentido público.
La cultura godín puede ser entrañable como anécdota, incluso simpática como lenguaje compartido. Pero cuando se vuelve modelo de operación, deja de ser un chiste y se convierte en un obstáculo. Reírnos del trabajo puede ser saludable. Normalizar sus vicios no lo es.
Tal vez el valor más incómodo de La Oficina no sea hacernos reír, sino obligarnos a admitir cuánto de esa caricatura sigue organizando nuestra vida laboral. Y quizá el verdadero cambio institucional empiece cuando dejemos de celebrar como heroísmo lo que en realidad es precariedad, desorden o resignación disfrazada de experiencia.
Transformar la cultura godín no significa perder cercanía ni sentido del humor; significa construir instituciones más profesionales, más confiables y más humanas.