El inicio de un nuevo ciclo escolar puede provocar entusiasmo, pero también nervios, miedo o preocupación en niñas, niños y adolescentes. Para muchos estudiantes, regresar al salón implica retomar horarios, convivir con nuevos compañeros o enfrentarse a cambios importantes en su rutina.
La psicoterapeuta infantil Carla Rivadeneyra explicó que estas reacciones pueden formar parte de un proceso normal de adaptación, siempre que disminuyan conforme avanzan los primeros días de clases.
La especialista señaló que, durante las primeras dos semanas, la preocupación debería reducirse paulatinamente. Si ocurre lo contrario y el malestar se mantiene o aumenta, es importante observar con atención el comportamiento del menor.
Entre las señales que pueden indicar un problema mayor se encuentran la negativa constante a acudir a la escuela, cambios en la forma de dormir o comer, aislamiento, irritabilidad o una preocupación persistente relacionada con las actividades escolares.
Cuando estas manifestaciones se prolongan por más de dos semanas, puede ser recomendable solicitar orientación de un profesional de la salud.
No todos viven igual el regreso a clases
El proceso de adaptación depende también del tamaño del cambio que enfrenta cada estudiante.
No representa el mismo reto continuar en la misma escuela y avanzar de grado que ingresar por primera vez al kínder, comenzar la secundaria o incorporarse a un plantel completamente nuevo.
En esos casos, el estudiante puede enfrentarse de manera simultánea a nuevos maestros, compañeros, instalaciones, horarios y reglas, lo que puede incrementar la incertidumbre durante los primeros días.
Por ello, especialistas recomiendan evitar comparaciones y reconocer que cada niño necesita un tiempo distinto para sentirse cómodo dentro de su nueva dinámica.
Prepararlos con anticipación puede hacer la diferencia
Una forma de reducir la incertidumbre consiste en anticipar lo que ocurrirá durante la jornada escolar.
Preparar desde la noche anterior el uniforme, la mochila y los alimentos, además de explicar los horarios y cómo será el traslado, puede ayudar a que el menor tenga una mayor sensación de control.
Si se conoce previamente el salón, el nombre del profesor o alguna información sobre sus compañeros, compartir esos datos también puede disminuir la preocupación.
Mantener una rutina ordenada durante las mañanas puede ser igualmente importante. Las prisas, discusiones o gritos antes de salir de casa pueden aumentar el estrés y dificultar el proceso de adaptación.
Los padres también transmiten emociones
El comportamiento de madres, padres y cuidadores influye directamente en la forma en que los menores enfrentan el regreso a clases.
Si los adultos muestran preocupación excesiva o ansiedad ante el cambio de rutina, los niños pueden percibirla y reproducirla.
Por ello, además de organizar los aspectos prácticos del regreso a clases, se recomienda mantener una actitud tranquila y acompañar las emociones del menor sin minimizarlas.
Escuchar sin convertir la conversación en interrogatorio
La comunicación después de clases también puede ayudar, aunque no es necesario preguntar constantemente qué ocurrió durante el día.
Insistir de manera repetitiva con preguntas puede generar presión y hacer que el menor perciba que existe algún problema.
Una alternativa es permitir que la conversación surja de forma natural y estar atentos a comentarios, cambios de ánimo o conductas que puedan indicar que algo no marcha bien.
Los nervios del primer día no necesariamente representan un problema. La clave está en observar si disminuyen conforme avanza el ciclo escolar o si comienzan a afectar de manera constante el sueño, la alimentación, la convivencia o la disposición del menor para asistir a clases.



