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    Cuando perder necesita un culpable

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    Por: Paul Daniel Quiralte 

    Hace unas semanas escribía que el fútbol, como la vida, tiene buena parte de su belleza precisamente en su injusticia. Que no siempre gana el mejor. Que los errores arbitrales, un rebote inesperado o un disparo al poste forman parte del juego, igual que las casualidades forman parte de la existencia.

    La derrota de México frente a Inglaterra volvió a demostrarlo. Apenas terminó el partido comenzaron las explicaciones. Para algunos fue el árbitro. Para otros, una decisión polémica, para muchos los cambios. Otros hablaron de mala suerte. Y, como ocurre desde hace años, reapareció una vieja conversación: que si a Argentina la ayudan, que si la FIFA favorece a ciertos equipos, que si algunos campeones llegan más protegidos que otros.

    Quizá alguna decisión arbitral pueda ser discutible. El fútbol está lleno de ellas. Pero hay una diferencia entre reconocer un error y convertirlo en la explicación absoluta de una derrota.

    Nos cuesta aceptar que el rival también juega.

    Nos cuesta admitir que, muchas veces, el otro simplemente fue mejor.

    Y, sobre todo, nos cuesta aceptar que el azar también participa.

    Porque el ser humano necesita que el mundo tenga sentido. Cuando perdemos buscamos un responsable. Si no existe, lo inventamos.

    Así funcionan también nuestras vidas.

    Culpamos al jefe, al gobierno, al vecino, a la economía, a la suerte. Algunas veces con razón. Muchas otras porque aceptar que existen circunstancias que escapan completamente a nuestro control resulta mucho más incómodo.

    El fútbol se convierte entonces en un espejo extraordinario.

    Cuando nuestro equipo gana, hablamos de esfuerzo, carácter y grandeza.

    Cuando pierde, hablamos del árbitro, hablamos del entrenador.

    Lo curioso es que ese mismo árbitro desaparece de la conversación cuando una decisión polémica nos beneficia.

    Existe un viejo sesgo psicológico: tendemos a atribuir nuestros éxitos al mérito propio y nuestros fracasos a factores externos. El fútbol lo exhibe cada fin de semana frente a millones de personas.

    Eso no significa que el arbitraje sea perfecto. Nunca lo ha sido. Ni siquiera con el VAR. La tecnología redujo errores, pero no eliminó las interpretaciones, porque el fútbol sigue siendo profundamente humano.

    Y quizá esa sea su mayor virtud.

    Si cada jugada pudiera resolverse con absoluta precisión matemática, el juego perdería parte de la conversación que genera. Seguiríamos viendo partidos, pero dejaríamos de discutirlos durante días.

    Lo mismo ocurre con Argentina.

    Puede discutirse una jugada específica, un penal o una decisión concreta. Lo que no puede hacerse es reducir años de triunfos a una teoría de conspiración. Ningún equipo sostiene una hegemonía únicamente porque los árbitros lo favorezcan. Al final siguen existiendo talento, preparación, disciplina y generaciones extraordinarias de futbolistas.

    Lo mismo vale para Inglaterra, para España o para cualquier campeón.

    La derrota de México dolió porque durante algunos minutos volvimos a creer que era posible. Y eso, en realidad, habla bien de nosotros.

    Hace unas semanas escribía que durante noventa minutos la vida parecía justa.

    El partido contra Inglaterra nos recordó que no.

    Y, sin embargo, volveremos a sentarnos frente al televisor la próxima vez.

    Volveremos a creer.

    Volveremos a ilusionarnos.

    Porque quizá el verdadero encanto del fútbol no consiste en que siempre haga justicia, sino en que, aun sabiendo que puede ser profundamente injusto, nunca deja de invitarnos a intentarlo otra vez.